Guisos junto al Sella
Restaurante La Terraza de la Casona. Arriondas. El comedor sobre el río es un escenario adecuado para los platos de Conchita. Guisos junto al Sella

Dirección: Plaza Venancio Pando, 4 - Arriondas
Propietarios: María Concepción Quesada Rosete ‘Conchita’
Teléfono: 659 926 924
Jefe de cocina: Javi Campillo
Ayudantes: Noelia Fuente Quesada
Menú laborales: 10 euros
Menús finde: De 15 a 20 euros
Descanso: nunca.
Ajuar: de calidad.
Tarjetas de créditose aceptan

. - . 2012
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Luis Antonio Alías

Es, por lógica de ubicación y construcción, uno de los más vistosos edificios de Arriondas, la capital parraguesa que Cela describiera como «pueblo rico e importante, con casas buenas y chalets magníficos, en el que el paisaje vuelve a las altas y escarpadas montañas y a los hondos y angostos defiladeros».

La entrada mira hacia la plaza Venancio Pando, la mayor, con su sencillo ayuntamiento, su cañón del XVIII que hasta reventar señalara muchos descensos del Sella, su busto al patriarca Dionisio Huerta, y su fuente y jardincillos. Una vez allí bordeamos La Casona por un pasaje florido y lateral que deja ver la recepción y las salas deliciosamente burguesas y un tanto parisinas del ahora hotel y antaño residencia de dos hermanos indianos que hicieran fortuna en Cuba, para salir al comedor.

Alrededor de la pequeña barra de recepción, la amplia, larga, profunda y elegante galería distribuye mesas ante un continuo de ventanales apenas enmarcados por madera asomados al Sella, al puente, a la ribera de parques y esculturas y a los horizontes de Peña Santa, el Pienzu o la Mota Cetín.

El sitio cautiva. Pero sabido que María Concepción Quesada ‘Conchita’ es la propetaria, la visita se torna necesaria para quien desee almorzar o cenar en restaurante de detalles cuidados y lucidos donde, exteriores aparte, dispondrá sobre su mantel de unos platos tradicionales con pinceladas renovadoras y abiertas que llegan frescos, detallistas, atractivos y placenteros. Y discreta en precios para que los comensales de economía castigada –casi todos– no renuncien a los pequeños y grandes placeres que nos colorean las actuales oscuridades.
 
Placeres como las manuales croquetas de ibérico, los originales rollitos de cecina rellenos de fua con polen y aove, los tonificantes boquerones en vinagre con ajo y dados de tomate y albahaca, los populares calamares de potera fritos o los siempre nostálgicos calamares en su tinta con arroz, los fritos de merluza del pinchu o de pixín que reivindican nuestra inteligencia emocional con el aceite de oliva habitualmente puesta en duda, el señorial bacalao al pil-pil con cocochas y setas, el pixín alangostado tres salsas que –cuando no había para langosta– era plato principal de casorio, la difícil elección entre el rollo de bonito en salsa o en escabeche de manzana...

En el capítulo de las carnes Conchita mantienen propuestas igual de sugerentes: un cochifrito acariciado con puré de manzana y salsa de setas, un solomillo de pato Welington o unos muslos de pato confitado con salsa de naranjas que ríase usted de las glorias pequinesas, y unos cortes de ternera y vaca según crían y ordenan los altos y bajos pastos parragueses. Los postres viajan, que de los frisuelos y el arroz con leche pasan a la selvanegra o el tiramisú. Quedan, por supuesto, las verdinas marineras, la fabada, los finos y crujientes tortos, los hojaldres salados y los excelentes integrantes de unos menús que no desentonan de lo mencionado.

Aquí reina la mencionada Conchita –pequeñina, fuerte, discreta y atenta– apenas hace unos meses. Y en días punta y sin reserva esperar resulta obligado. Créanlo, vivirán un lujo excepto a la hora de pagar.